La sobrestimación del papel del Estado

Rubens Barbery Knaudt y Roberto Barbery Anaya

La responsabilidad en la promoción de desarrollo debe estar convenientemente distribuida, en el marco de una relación sinérgica entre el individuo y la sociedad. Entre la fuerza concreta de la persona natural y la fuerza abstracta de la persona colectiva.

En sociedades en las que se subestima el papel de la cultura como comportamiento social se sobrestima las posibilidades de las instituciones como comportamiento burocrático. La consecuencia inmediata es que se transita de la responsabilidad al providencialismo.

El providencialismo es una manifestación cultural que tiene bases históricas. Parte en su forma liminal de la concepción religiosa de que existe un Dios omnipotente. El Estado, precisamente, es el sustituto terrenal de ese Dios omnipotente en la organización de la sociedad. Hay una transferencia psicológica, subconsciente, de las propiedades que se atribuyen a la divinidad. No hay una apropiación de las limitaciones políticas.

En ese contexto, se esperan soluciones providenciales. Sobre el Estado recaen ansiedades religiosas antes que demandas políticas. Se le asigna una responsabilidad desproporcionada. Y en contrapartida, se diluye colectivamente la responsabilidad del individuo.

El resultado previsible de esta proyección psicológica de la divinidad en el ámbito político es la frustración social, porque más allá de los aciertos o los vicios en el funcionamiento burocrático del Estado, las posibilidades institucionales nunca llegan a estar a la altura de las expectativas culturales.

La sobrestimación del papel del Estado, genera, a su vez, la irrupción de comportamientos particularistas, que se expresan también como manifestaciones culturales de carácter corporativo, esta vez en un nivel más desagregado. Se trata de la disolución de la responsabilidad individual en células gremiales que pugnan entre sí por imponer sus visiones particulares al conjunto de la sociedad.

Los particularismos pueden obedecer a identificaciones de nación, territorio, raza, clase, sexo, edad, ocupación, llegando a plantearse inclusive en sus extremos más desenfrenados desde la perspectiva de los intereses de una Junta de Vecinos... El denominador común es la visión parcial y la pretensión absoluta... En su origen se trata de distinciones legítimas que parten del reconocimiento de las cualidades y propiedades particulares que tienen todas las personas. Se convierten en particularismos cuando se plantean de forma radical amenazando la vigencia de los derechos y deberes universales de la persona.

Los particularismos van sustituyendo progresivamente la responsabilidad individual por la reivindicación sectorial. Pueden devaluar conceptos transversales como la raza o el sexo a través de comportamientos gremiales que, en efecto, pierden toda vocación universal.

En las culturas donde prevalecen manifestaciones particularistas no hay mayores espacios de reconocimiento para la dimensión singular de la persona. La dignidad es atropellada con la atribución de rótulos corporativos que simplifican gremialmente al individuo. No hay personalidad, hay número de registro.

Publicado en El Deber.

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