Recibí este artículo escrito por Vladimir Ameller, que lo publico porque obviamente me llena de orgullo:

«Vladimir Ameller Terrazas: [email protected]    

Los principios son como el aire, no se los ve, sólo se los percibe cuando se aplican. Vivir como se siente eso es vivir auténticamente. Profesar principios es la regla, sin embargo, solo los tienen aquellos pocos que los adoptan. Enunciarlos es terrenal, emplearlos resulta monumental.

Siento la ausencia de Roberto Barbery en la televisión no tanto por su pulcra solvencia en el análisis político, como por su coraje para levantar la voz y decir algo diferente con un tono distinto…No se quedó  en la butaca cómoda del espectador o en la tibieza acrisolada del analista, sin duda, cruzó esta límite con brío.

Más allá de que simpaticemos o no con aquello que sostuvo, tuvo la virtud de no crear indiferencia y de remover tanto las emociones como al intelecto de su público. Sin ser periodista hizo un periodismo distinto; confirmó, una vez más, que sólo los ajenos al entorno pueden romper con los paradigmas. Su virtud fue ser un extranjero en su medio; buscar la muda y exhortar al sentido común, tan escaso en este tiempo. Alertó a los medios de comunicación sobre la importancia de no sólo informar, sino que a veces, es necesario estudiar la realidad y tomar posición sobrepasando a la tan pregonada  “imparcialidad”, algo que por cierto, sólo está presente en la mente de los ingenuos y los románticos.

Impuso una nueva tendencia, la necesidad de estudiar y razonar la realidad antes de generar información y la urgencia de repensar a Bolivia a través de una conversación ocasional. Le dedicó reflexión al contexto del individuo, su sociedad y al estado. Generó una línea de comunicación diferente, sin cálculos menudos ni reverencias. Confirmó que se puede ser muy boliviano marcando la diferencia.

El ejercicio de una verdadera ciudadanía requiere de gente como él, que genere polémica, análisis y reflexión como contribución a la marcada polarización que no está haciendo pedazos. El pensamiento crítico no es una franquicia de la embestidura, ni del cargo; todo lo contrario, es el resultado de un liderazgo virtuoso y una perpetua convicción individual. Ser consecuente no es fácil, estimo que es la armonía entre lo que se siente con lo que se piensa, para que irremediablemente ambas se expresen en lo que se hace. Qué bien suena, que difícil resulta lograr.

Su ausencia es notoria…Roberto en las pantallas fue, para pocos, un privilegio…»

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