Rubens Barbery Knaudt y Roberto Barbery Anaya

En la forma tradicional de aproximarse al análisis social se plantea el reconocimiento de las insuficiencias de carácter material que hay en la sociedad para explicar las debilidades de carácter moral. La consecuencia inmediata de esta forma de representar la realidad es la subestimación de los valores y las actitudes culturales. Se considera que son una simple manifestación del conflicto que se genera entre las necesidades físicas y las posibilidades de satisfacerlas.

Sin embargo, la experiencia histórica muestra casos concretos de sociedades en las que se puede establecer una relación distinta entre cultura y desarrollo. La prosperidad material en el mundo anglosajón sería inexplicable, por ejemplo, sin la Reforma Protestante del siglo XVI, que promueve un ámbito inédito de libertad moral para el individuo. Otro caso es el de Japón, que ha forjado su prosperidad material ubicando la tecnología del mundo capitalista en el ámbito ancestral de su disciplina consuetudinaria.

En cualquier caso, devaluar el papel de la cultura como conducta colectiva en la promoción de desarrollo tiene efectos nocivos, porque genera un círculo vicioso que profundiza el retraso moral y material, distrayendo responsabilidades. Se convierte en una forma endémica de justificación que termina eximiendo moralmente al individuo – la fuerza concreta –, depositando la carga principal del progreso en referentes abstractos como El Estado.

El fenómeno, entonces, se expresa principalmente en la corporativización de la responsabilidad individual, a través de distintas manifestaciones que al volverse cotidianas se convierten en cultura.

El desarrollo está directamente vinculado a la cultura como comportamiento social. La cultura no es un mero epifenómeno de las insuficiencias materiales que hay en la sociedad. Interactúa con el modelo económico en una retroalimentación permanente, generando círculos virtuosos o círculos viciosos, según sea el caso, que promueven o menoscaban las condiciones del desarrollo.

En ese contexto, las culturas que subestiman la responsabilidad individual y sobrestiman la acción corporativa, depositando una fe providencial en las posibilidades del Estado, fomentando particularismos desenfrenados y devaluando sistemáticamente la ciudadanía, condenan a la sociedad al atraso moral y material.

Publicado en El Deber.