Un Nobel en la Chiquitania

Me tomo la libertad de transcribir las palabras de Mario Vargas Llosa ofrecidas el 26 de enero pasado en el templo misional de San José de Chiquitos durante su visita a Bolivia. Un deleite.

Es conmovedor ver como el pasado de esta región, de estas comunidades, ha resucitado para convertirse en el gran protagonista del presente. Aquí está el pasado chiquitano, cruceño, boliviano, americano, en estas iglesias, en la música maravillosa de estos jóvenes, en los murales del museo que acabo de visitar con un testimonio gráfico tan elocuente y tan conmovedor sobre lo que fue la vida en estas tierras en los siglos XVIII, XIX y XX.

Lo que entusiasma más, es que ese pasado no parece parte del pasado, sino del presente. Es un presente que enfrenta la actualidad y que ha convertido su pasado en la mejor credencial para decir aquí estamos y somos parte de lo que vive américa y el mundo de hoy. Tenemos algo que mostrar, algo que nos enorgullece. Eso es lo que fuimos y esto es lo que somos, ambas siendo una misma cosa. Somos seres creativos dispuestos a enfrentar todos los desafíos del presente porque tenemos un pasado tan rico, tan sólido, que nos demuestra que a nosotros no puede derrotarnos la adversidad, como ha ocurrido con tantos pueblos que fueron derrotados o se dejaron derrotar por su propio pesimismo.

CCon Mario Vargas Llosareo que lo que ocurre en este rincón de América es extraordinariamente instructivo para todos los pueblos americanos. Por lo pronto es una lección de historia viva conmovedora, ver que aquí podemos seguir de una manera gráfica, cercana, ese encuentro extraordinario del que nació América, el encuentro de las culturas prehispánicas y la cultura de occidente que vino con los descubridores españoles. Aquí llegó en paz o con una violencia mínima en comparación con la violencia que acompañó ese encuentro en otras partes. Aquí se dio desde un principio lo mejor de ese acercamiento entre dos culturas aparentemente tan alejadas la una de la otra. Sin embargo, vemos que no estaban tan alejadas, porque a pesar de sus enormes distancias en conocimientos, costumbres y creencias, encontraron rápidamente una manera de comunicarse. Esa manera fue la música que traían los españoles y que evidentemente estaba viva en el alma chiquitana. Ese encuentro facilitó la comunicación, el acercamiento y también los intercambios profundos de lo mejor que tenía cada pueblo. Estas iglesias no se hubieran levantado tal como son, con esa sencillez, esa elegancia, esa belleza que las caracteriza, y el pueblo chiquitano no hubiera conservado con tanto celo, con tanto amor, esa música del pasado a la que ha ido convirtiendo en música del presente, sino la hubiera llevado en el alma, en el espíritu y la memoria, desde que los primeros misioneros jesuitas llegaron a estas tierras.

Creo que esa espiritualidad que se vive en la región chiquitana es infrecuente en el mundo de hoy. Nuestro mundo tiene cosas maravillosas, ha alcanzado progresos en el dominio de la ciencia y la tecnología que nos dejan estupefactos, pero desgraciadamente ha perdido algunas cosas del pasado que eran ricas e importantes y que han dejado de serlo en el presente, como por ejemplo los valores. Nuestros antepasados sabían muy bien definir, aunque a veces se equivocaran, qué era el “bien” y qué era el “mal”, qué era “bello” y qué era “feo”. Parece mentira que nosotros hemos avanzado tanto y que esas categorías para los hombres y las mujeres de hoy ya no están tan claras. Muchas veces se solapan, se confunden y nos dejan en un verdadero laberinto de dudas. Eso no ocurre en estas tierras. Aquí, esas viejas categorías para dar serenidad, optimismo y paz a una sociedad, están vivas. Quizás es lo que más impresiona al forastero que llega a estas tierras. Lo deslumbra la belleza natural, desde luego, la belleza y elegancia de estos pueblos sencillos y modestos, pero que conservan un sentido de lo estético que está en la armonía de sus construcciones, en el trazado de sus calles, en la presencia de la naturaleza en todas sus plazas, en las iglesias, pero quizá por encima de todo eso, hay una actitud humana absolutamente conmovedora, atractiva, tierna, una vocación de bondad que se manifiesta en ese cariño y esa hospitalidad con la que el chiquitano se vuelca a recibir al forastero para hacerlo sentir en su casa.

Por eso creo que esta tierra merece ser visitada. No solo para gozar de la belleza que hay en ella, sino para descubrir cómo el pasado se puede volver presente, y como América Latina, las culturas de los hombres y mujeres de América Latina hicieron suya la cultura occidental con lo mejor que ella tenía y le dieron un matiz particular que correspondía a sus usos y costumbres, a sus mitos, a sus leyendas, a sus creencias. Para mí ha sido conmovedor esta noche escuchar por ejemplo a Vivaldi, Bach, Tchaikovsky, o a Elgar, y sentir que eran compositores chiquitanos, latinoamericanos. Estaban interpretados de tal modo que su universalidad había renacido cubierta de una profunda espiritualidad latinoamericana.
Los chiquitanos no lo saben, pero han operado un verdadero milagro cultural que debería ser ejemplo para aquellas sociedades que rechazan su pasado o lo miran con desprecio, o que simplemente lo ignoran, o que piensan que la mejor manera de vivir el presente es dando la espalda al pasado. Yo creo que la mejor manera de encarar este presente difícil, turbio, este presente incierto, es como han hecho los chiquitanos, viviendo su pasado como un arma extraordinaria para enfrentar el presente de una manera creativa.

Muchas veces he oído en estos días hablar de la identidad chiquitana con gran orgullo. Desde luego ese orgullo está muy justificado, pero con todo el enorme cariño que tengo por los chiquitanos y por la felicidad que me han deparado en estos días, déjenme hacerles una pequeña advertencia: cuidado con la palabra identidad. Cuidado. Es una palabra peligrosa, es una palabra que por un lado puede querer decir “esto es lo que yo soy”, pero lo que “yo soy” no puede estar reñido, ni enemistado con lo que son los otros. “Yo” y los “otros” tenemos más denominadores comunes que diferencias. La identidad chiquitana es formidable, la identidad cruceña es formidable, no lo es menos la cochabambina, la paceña, la arequipeña, o la peruana. Todos nosotros somos matices de una cosa maravillosa que es América Latina, y América Latina es una parte maravillosa de algo que se llama la comunidad de la lengua española, una comunidad que atraviesa los mares, que cuenta con decenas de países, por lo menos con quinientos millones de personas, pero ni siquiera esos quinientos millones de personas pueden hablar de una identidad enemistada con las otras identidades que pueblan esa riquísima floración que es el mundo de los seres humanos. La identidad es una buena cosa siempre que aceptemos  que por más rica que sea nuestra identidad, es insuficiente para explicar todo lo que somos.

Todo lo que somos se integra, hecha puentes, intercambia ideas, formas, sensaciones, creencias con las identidades de los demás. Precisamente la identidad chiquitana es una identidad universal porque está hecha de cosas tan distintas y tan diversas. El cristianismo está aquí mostrando una vitalidad que ha perdido en muchas partes del mundo, incluso en donde fueron sus fuentes, está hecha de España que está viva en estas iglesias, está viva en la maravillosa lengua que compartimos, está viva en esa música barroca que ustedes han hecho suya. Por eso, porque tienen ustedes un espíritu universal, abierto, es que pueden tocar a Bach, a Vivaldi, a Tchaikovsky y a Elgar como lo han hecho, como si fueran compositores suyos, propios, nacidos aquí, en el oriente boliviano.

No quiero tomarles más tiempo. Simplemente quiero repetirles que estoy sorprendido, asombrado, conmovido y sobre todo profundamente agradecido.

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